martes, 18 de octubre de 2011

Diario de un soñador de bajo presupuesto.

Desgraciadamente cuando una microforma se comenzaba a comportar en este espacio. Las obligaciones llegaron como la ola de Un tsunami. Lo dijo Heminway y lo repito yo cada que puedo; "todo se opone a la escritura" y tengo las pruebas.
Un nuevo proyecto de trabajo exige toda mi concetración y no puedo darme ningún lujo. A mis personajes les espera una temporada a la deriva, espero que tengan paciencia y yo tambien.

cierro temporalmente este lado y abro el otro con palabras siempre precisas de Charles Baudelaire:

Trabajar es trabajar sin cesar, es llegar a no tener sentido, a no tener ensueños, es ser pura voluntad. Siempre en movimiento. Es posible que llegue a conseguirlo.

viernes, 7 de octubre de 2011

Diario de una novela X

7/oct/11




Sólo podré conocer las definitivas fallas y los relativos aciertos conforme avance en los bosquejos. Cuando ya reuna un respetable número de páginas sabré que terrenos piso, para eso faltan por lo menos una centena de folios que se miran como un horizonte lejano, al cual se llega por un camino escarpado, con gijarros salientes que lastiman pies descalzos. Mantengo el ánimo.


Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
ruega que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones y a los cíclopes
ni al colérico Posidón,
seres tales jamas hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.

Indiscutible fragmento de Constantino Cavafis.


Capitulo 2 (borrador)

Allí se está fuera del tiempo, bloques de incertidumbre sustituyen los minutos, las horas, los días. Por algún favoroso azar están juntos de nuevo, pero ninguno dice nada, están abatidos, agotados, doloridos. La celda huele a meados y a mierda, ellos huelen a lo mismo, más la transpiración particular y el miedo. Mariano levanta la cabeza, se anima a posar los ojos en cada uno de sus amigos, primero en Alfredo; a primera instancia pareciera que no hay algún cambio significativo en su semblante, tiene la mirada perdida, pero como casi siempre, desde que lo conoce. Quiere decirle algo, pero no sabe qué pueda romper el silencio que se impone entre ellos. Prefiere voltear los ojos a Javier que se lo mira un poco mejor, dueño de si, de sus pensamientos. En un instante el músico siente la mirada y voltea pero de inmediato Mariano mira a otra parte. Por momentos llegan sonidos del exterior, ecos y voces que los sobresaltan, que los dejan sin respiración por algunos segundos, pero cuando saben que no van dirigidos a ellos, vuelven a respirar y retornar a sus pensamientos.
Javier de pronto rompe el silencio:
-Es americanista- dice y sus palabras se ahogan en el espacio sombrío que los resguarda.
-Es americanista- vuelve a decir con más garganta, dirigiéndose al primero que le responda.
Alfredo y Mariano lo miran como si en esos ojos compadecieran a su amigo, que al parecer comienza a desvariar.
Javier insiste por tercera y última vez con lo mismo.
-Es americanista- dice y por fin logra una débil respuesta.
-¿quién? Pregunta Mariano con toda apatía.
-Hugo- responde Javier y ese nombre pone en alerta a los tres.
Alfredo torna unos ojos graves sobre Javier y no se lo dice con palabras pero da a entender que espera oír más.
Javier lanza una pregunta:
-¿Has conocido un pintor que le haya al América?-
Alfredo se queda algunos segundos buscando la respuesta en su mente, no la encuentra y niega con la cabeza.
Después la pregunta se dirige a Mariano
-¿Has conocido a un escritor que le vaya al América?-
Mariano hace lo mismo que Alfredo, buscar en sus recuerdos, sabe que hay un poeta preciosista y bucólico que llega a las tertulias literarias con la camisa del América debajo de su saco. Pero ese no vale, busca a otro y no da con ninguno.
-No- responde- pero, ¿eso a que viene?
Javier se complace de comprobar esas negativas, antes de ampliar su teoría dice que él tampoco a conocido músico que le vaya al América.
-Ese cabrón nos tiene aquí- dice – no fue mala suerte, el lo tenía todo planeado.
Las últimas palabras se pierden en un eco que se aleja, Ni Alfredo ni Mariano atinan a decir algo, seguro que a Javier el tehuacanazo le llegó al cerebro y estas divagaciones son la muestra.
-Cuál es el equipo que más odias Alfredo?- insiste Javier con el tema.
El pintor está apunto de dejar pasar esa pregunta, pero en último instante decide responder.
-Al América.
Una sonrisa amplia se coloca en el gesto de su amigo, el primero lo mira con la convicción de haber descubierto un enigma. No pasan ni dos segundos cuando la misma pregunta va al otro de la escena.
-¿Cuál es el equipo que más odias Mariano?-
Éste se queda pensando un momento, tiene casi la respuesta en los debilitados labios, y dice lo mismo, que alegra los oídos de su interlocutor.
-Al América.
-Yo también- dice Javier y por algunos segundos flota en el ambiente esta última convicción.
Una voz exterior distrae lo que se perfilaba como una prometedora ágora intelectual.
Un policía se acerca a la reja y con indiscutible tono macabro dice:
-A ver putitos, ya se los va a cargar la chingada-
Extrae un juego de llaves y se dispone a abrir la reja cuando uno voz lejana se dirige a él.
El policía sonríe, mira detenidamente a cada uno de los tres y sin decir más pospone su febril tarea.
-Bueno- dice Mariano, dirigiéndose a Javier- pregúntale a ese policía si le va al América seguro te dirá que sí y nos dejará libres.
Javier va a responder algo, pero se interpone Alfredo, dirigiéndose a Mariano.
-Tiene razón- dice. –seguro algo tendrá que ver que Hugo sea americanista, pero de nada nos sirve en ese momento.
Los tres se miran entre si, el enigma primigenio quedó resuelto pero poco gusto aportó entre los involucrados.
-¿Nos llevarán al reclusorio?- preguntó Mariano.
-Seguro- responde Alfredo.
-Hablaré con el juez- dice Javier pero Mariano lo interrumpe.
-Bueno, si le va al Atlante tenemos posibilidades…-
No hay más palabras, su realidad de pronto se impone y nada saben del futuro, sólo que diferirá del presente.
Tienen miedo, quisieran estar juntos, desde ese momento en adelante, tal vez con el sufrimiento ajeno puedan soportar el propio.
Escuchan los pasos pesados y pausados del policía de hace apenas un momento. También llega sus oídos el sonido inconfundible que hacen las llaves al chocar entre si.
El policía abre la celda, y entra, en una clara muestra de amedrentamiento, ajusta la cintura de su pantalón para mostrar el arma que allí descansa.
Esta vez no dice palabras macabras, mira a los tres hombres como se le mira a un pordiosero. Busca un lugar donde ponerse cómodo y lo encuentra justo a un lado de Alfredo.
-¿Tienen dinero?- pregunta sin exordio, directamente al que quiera responderle.
Pero la respuesta se dilata, uno, dos, tres minutos. El policía vuelve a formularla. Ahora imponiendo un tono grave, definitivo.
-¿Tienen dinero?-
Alfredo responde por él. –Yo no- esto anima a los otros dos y como acompasados emiten la negativa.
Al policía que parece incomodarle la pistola a la cintura, la saca y la reacomoda en la parte que corresponde a la espalda.
-Yo los puedo ayudar- dice en tono amigable. –pero necesito que cooperen-
No hay que ser muy inteligente para conocer ciertas motivaciones.
Mariano pregunta: -¿cuánto?- y el policía escupe una carcajada como producida por un botón.
-No es tan fácil- dice el guardián del orden. Después de recuperar la serenidad.

jueves, 6 de octubre de 2011

Diario de una novela IX

6/oct/11


Lo acepto; Me resisto a comenzar a describir al resto de los personajes de la novela. Tengo una idea pero muy poco definida. Considero la necesidad de perfilar algunos rasgos de la personalidad de cada uno. Tengo presente que son personajes especiales, que viven una situación complicada, estan en un espacio judicial, no hay movimiento (como en el boceto anterior) Los tres tratan de entender por qué están allí, hacer una remembranza -ligera- de los acontecimientos más recientes, aportar algunos rasgos de su personalidad. Mariano me parece un tipo con tendencia al pesimismo, a la apatía. Alfredo en cambio tiene rasgos de un tipo bastante introspectivo, aislado, y por último Javier maneja el pragmátismo mejor que los demás, también es optimista y tiene confianza. Obviamente en este bosquejo debe de imponerse el dialogo, que combine los estados de ánimo de tres tipos bastante inocentes que saben que no los espera preciamente un lecho de rosas. El dialogo debería complementarse de una descripción más o menos sombría del entorno . No sé si será bueno Flasbackear, por ahora considero que no. Me gustaría que el tema del futbol se destaque en algún momento, a pesar del complejo escenario debería (por mi bien) darse la ocasión.

Mañana seguramente habrá noticias de este borrador, buenas o malas no sé, pero algo habrá que decir.


Puto es el hombre que de putas fía,

y puto el que sus gustos apetece;

puto es el estipendio que se ofrece

en pago de su puta compañía


Puto es el gusto y puta la alegría

que al rato putaril nos encarece;

y yo diré que es puto a quien parece

que no sois puta vos, señora mía.


Más llámenme a mí puto enamorado,

si al cabo para puta no os dejare;

y como puto muera yo quemado


si de otras tales putas me pagare

porque las putas graves son costosas

y las putillas viles, afrentosas.


Curiosidad de Francisco de Quevedo y Villegas

miércoles, 5 de octubre de 2011

Diario de una novela VIII

5/oct/11


Al comenzar los bosquejos de una novela, no existe una sólo certeza, todo es una espesa capa de dudas. Uno está realmente sólo; las palabras motivadoras de los autores tutelares que guían algunos pasos tienen un valor a posteriori. Uno no sé da cuenta sino hasta muy avanzado el trayecto cuando comienza a tomar forma esta sacrílega intensión de ficcionar. Traté de leer "Cartas a un joven novelista" y lo dejé casi al instante, por una sencilla razón; creo que el mejor consejo que se le puede dar a un escritor es que escriba, que recurra a todos sus recursos, lícito o ilícitos, morales o inmorales para hacerlo. Vargas Llosa sabe mejor que nadie de estos asuntos y la más valiosa exhortación la deja para las últimas lineas.

Considero primordial, estar un par de pasos adelante de una apatía siempre presente en estos ejercicios literarios, Uno no sabe ni como ni cuando pero de pronto ya está aposentado en la inacción, cumpliendo el siniestro propósito de dar vueltas sin parar a la novela.

Tiempo tambien se necesita, de 24 horas que tiene el día se cubren las cuotas de padre, esposo, ciudadano, ente, empleado, lector, amigo, enemigo y si queda un especio que, definitivamente, debe ser generoso, uno se convierte en escritor. El ejercicio de escribir de pronto se transfigura en un acto clandestino, subversivo, mitotero, algo ruin y sinverguenza.

Ya superados estos "pormenores" uno logra darle forma a su atrevimiento, a fuerza de insistir, la obra toma una forma definitiva y uno, exhausto, al final piensa: -Es lo mejor que puedo hacer-. Después se toma su tiempo para buscar en la agenda a los amigos más fiables, a los que harían algo por nosotros, como leer la novela y dar el visto bueno, pero otro asunto se interpone, nuestros amigos tienen su vida, sus propias preocupaciones y casi nunca están en condiciones de hacer extravagantes favores, algunos por allí aceptan, pero desisten al poco tiempo y si por un milagro heroico llegan al epílogo, sus palabras se reducen a rudimentos decepcionantes. Entonces el pinche escritor despesperado se dirige a la agenda negra, donde aparecen los nombre de los críticos literarios feroces, con el dedo señala los nombres y encierra en un grosero círculo rojo su dirección de correo electrónico, esto es lo más parecido a ponerse una pistola en la cabeza. con impulsos suicidas, envia indiscriminadamente archivos de novelas a las bandejas más siniestras. Por supuesto la mayoría los despacha sin ni siquiera echarle un vistazo. Pero los que quedan, por lo regular son almas de verdugo, lo leen con el ojo más clínico que ofrece la crítica, despedazan la obra, sin misericordia, envian las buenas nuevas al osado escritor que mientras lee aquello, siente que es mejor subirse a un ring y recibir ganchos, uppers y rectos que bancarse lo que tiene delante.

El tiempo hace su parte y en alguna ocasión el autor intentó tomar la pluma, pero el dolor de la vapuleada sigue vigente y se instala en la yema de los dedos. El ficcionante, abandona esposa, hijos, trabajo, se lo mira en hospejades sospechosos, en cantinas de mala muerte, termina sus días en un cuarto de azotea olvidado y hecho mierda...


Quiero llegar cansado hasta tu puerta

que me digas adios con tu pañuelo

y continuar absorto mi camino

José Hierro.

lunes, 3 de octubre de 2011

Diario de una novela VII

3/oct/11




Tuve algunos minutos de absoluta libertad y fue a colocar mi trasero a un sitio donde pudiera escribir sin parar cuatro horas seguidas. Sin muchas dudas de pormedio lo hice, y esto fue lo que salío. Imposible hablar de algo definitivo, para lo único que me ayudó fue para darme cuenta que: 1) Mis personajes estan ansiosos por salir. 2) Es un hecho que ambientaré la novela en los años ochenta 3) El tema del futbol tendrá su lugar 4) las viejas dominan el panorama. 5) Mantengo el buen ánimo.



CAPITULO 1. (borrador)

El auto emitió ese sonido brusco que tanto alentaba a Hugo. Salomé por su parte acomodo su gordo trasero en el asiento del copiloto. A propósito del trasero de Salomé, de un tiempo a la fecha se ha vuelto más grueso, esto sin duda a la buena vida que se ha permitido con su novio.
Hugo conduce más rápido de lo que permiten las transitadas calles de la cuidad de México, no es noticia que insulté y discuta con otros conductores. Se nota un poco ansioso, pero por momento lo desborda una rara alegría y canta o grita como si celebrara un acontecimiento favorable. En realidad es eso, celebra algo singular que le viene pasando de días a la fecha pero hoy, al parecer da rienda suelta a sus emociones. Su novia lo observa, por momentos piensa en eso que a ella también la alegra pero sin duda no al grado de su novio, a decir verdad esa algarabía la irrita un poco, pero prefiere no dar rienda suelta a las reminiscencia que de un momento a otro irán agobiándola. Prefiere pensar en el porvenir, en el viaje a Cancún que esta a unas cuantas hora de materializarse, prefiere verse caminando por la arena de la playa, con uno de esos bañadores en tonos vivísimos pasados de moda pero que ellas desea fervientemente. Pero las saca de sus pensamientos, una pregunta mal intencionada de Hugo.
-¿Por qué tan callada?-
Al principio Salomé va a decir cualquier cosa, pero sabe que de un tiempo a la fecha las preguntas de su novio llevan esa carga de celos y de desconfianza que se percibe en la primera y la última palabra. Celos y desconfianza pendejas que el mismo provocó y que de días para acá parecen atormentarlo bastante. Hugo repite la pregunta con un tono que avisa que su alegría lo ha vuelto a abandonar intempestivamente.
-¿Acaso estas acordándote de alguno de esos pendejos?- Dice Hugo como si en ese nuevo cuestionamiento desahogara sus furtivos temores.
Salomé lo miró a los ojos, Hugo, por supuesto no puede soportarle la mirada porque debe prestar a atención al camino, pero aunque viera en otra dirección los ligeros soslayos avisaban a su novia que la respuesta era más que requerida so pena de enfrentar un nuevo desaguisado.
Salomé dijo. Si, bueno, no, esta bien, un poco…
En cuál de esos tres?- volvió a preguntar Hugo, con un evidente tono de enfado.
Su novia no contestó de inmediato, sabía que a Hugo le desconcertaban sobremanera los pequeños intervalos de silencio que le ponían la imaginación a mil.
-Pensaba en Alfredo, dijo finalmente la mujer.
Hugo orillo el auto y detuvo la marcha, se colocó en una posición en la que podía someter a su novia y así lo hizo. La sujetó de los cabellos y jaló hacía si. Salomé que ya tenía bien conocido ese y otros castigos, colocó cuello y cabeza de tal forma en que el dolor se sintiera lo menos.
-Y que puedes pensar de ese cabrón?- Es el mejor de los tres? O que los cuatro?
Salomé hizo como si no hubiera escuchado la pregunta e interrumpió.
-Me quedé con un cuadro de él y me gustaría regresárselo.
Contrario a lo que se pudiera pensar, Hugo en lugar de cancelar el castigo dio un tirón de greñas más fuerte que sin duda debió de provocar dolores en su novia.
-Olvídate de esos hijos de la chingada, porque si no tu acabarás igual que ellos, ¿Me entiendes?
Por la cabeza y cuello de la mujer circulo esa sensación ardiente que provoca ese tipo de castigos. Sin embargo, guardó silencio, intentó resistir, tenía la clara consciencia de que Hugo no pasaría de los castigos físicos, las patadas y los puñetazos lo más de temer. A lo cual ella ya estaba más que acostumbrada.
Finalmente su compañero al percatarse que sus labios no emitían la respuesta, soltó a su novia y con tono cansado, le dijo.
-Por favor, por favor.
Después de tomar aire y superar el encono, el hombre reanudó la marcha de su auto. Por algunos no minutos cruzaron palabras entre ellos y sólo después de un rato Hugo preguntó.
-Quieres comer algo?-
Salomé iba a negarse, pero tenía hambre, a decir verdad mucha, tal vez por eso su mente divagaba por el recuerdo de los tres desafortunados que habían sido víctimas de un trampa de graves consecuencia.
-si,- respondió secamente. Suficiente para que Hugo hiciera un brusco golpe de volante y se colocara a un costado de un Burger Boy.
Sin mediar palabras, él descendió del auto y fue a comprar los alimentos. Ella se quedó viéndolo y nada pasó por su mente en aquel instante.
Comieron con el auto en marcha. Cuando hubieron terminado, ya con mejor humor Salomé lanzó una pregunta.
-¿Cuánto dinero te queda?-
A Hugo la pregunta primero lo desconcertó y después lo puso de nuevo de malas.
-Algo- respondió sin rasgo de convicción.
-¿Cuánto? Insistió ella, con toda la seguridad de que su novio volvía a la exasperación.
-Lo suficiente, para lo acordado, no me estés chingando Salomé-
-¿Lo suficiente?-
-Si, lo suficiente-
-¿Ya descontando lo de don Isidro?-
-Si, ya descontado.
De pronto se interpuso un silencio forzado, una forma de contraatacar en cualquier momento por el lado de ella.
-Javier, me prestó dinero, sería justo pagárselo.
Hugo, al oir aquello, frenó de golpe sin siquiera, tomarse la molestia de no estorbar a los otros autos. Miró con el peor de los rencores a su novia y muy cerca estuvo de lanzarle una bofetada, pero se logró componer, más no dejó los gritos y las majaderías.
-¿Cómo que te presto dinero? Hija de la chingada, para que?
Salomé se sintió ligeramente abatida, era el cuento de nunca acabar con el tipejo que tenía por pareja, explosivo y desgraciado como ninguno.
-Para lo de mi papá no te acuerdas?
Hugo, vomitó un negativa rencorosa,
-No, no recuerdo algo respecto a tu pinche padre
Los autos ya manifiestan su disgusto por encontrar un vehículo que obstruye su libre circulación.
Novio y novia intercambian algunos manotazos de encono, obviamente los de él son más pesados y alcanzan en par de ocasiones el rostro ella.
Es sólo la sirena de una patrulla lo que los devuelve a la dura realidad y Hugo retoma el control de su auto.
Como película muda ya vista, se vuelve a imponer un silencio que flota en una atmósfera de auténtica ruindad, si no se interpusiera el sonido de los casetes de Hugo, el sonido de dos bufidos monocordes llegaría a oídos ajenos.
-¿Y cuánto te presto? Pregunta Hugo en heroica muestra de autocontrol.
Salomé, hace como que no escucha, o como si las palabras fueran dirigidas a un tercer ocupante de ese Atlantic GlS último modelo.
-El pintor, te dejo un cuadro, el músico te prestó dinero, le escritor te dedicó un libro de poesía?
Salomé rio ante la pregunta estúpida e inocente de su novio. Se quedó en ese contento por algunos minutos hasta que llegó una siguiente pregunta que le quitó de golpe el buen humor.
-¿Quién de los tres te cogió mejor?-
Ese cuestionamiento era como una puñalada artera a la más profunda entraña. Hace apenas un momento, Salomé reía de pronto, no pudo ocultar una lágrima producto de la pregunta zahiriente.
-Los tres- respondió con calculada saña y colocó su mirada donde Hugo la pudiera ver sin distraerse demasiado.
No contenta con ese auténtico atrevimiento, prosiguió,
-Cada uno tiene lo suyo-
¿Y sabes cual la tiene más grande?-
Un notorio estremecimiento recorrió el cuerpo de Hugo, el punto débil de cualquier masculinidad es precisamente saber que alguna virilidad supere a la propia.
-Cállate o te rompo la madre- dijo.
Y Salomé volvió a un instante de buen humor que le duró lo que faltaba del recorrido.
2
El auto lo estacionó en la calle X, y ambos caminaron por el andador, cuando estuvieron cerca del edificio que buscaban, Hugo tuvo a bien de tomar la mano de Salomé, esto no obedecía a un espontaneo buen sentimiento, sabía que don Isidro dominaba la vista desde su departamento a cierta distancia y que verlo tan cerca de ella era mejor que no verlo así.
Tocaron el timbre y al instante ya subían los escalones que los separaban del cuarto piso.
-Sabías que el puto dueño del América quiere el mismo numero de jugadores de mis chivas y de tus pajarracos- dijo don Isidro apenas vio a Hugo entrar por la puerta.
Pocas ganas tenía el hombre recién recibido de discutir sobre pormenores de futbol, que nunca faltaban en esas visitas, pero era inevitable, así que un poco de mala gana dijo:
-Mis águilas son mejores aquí y en china.
Don Isidro se rio y volteo a ver a Salomé que tenía el rostro ligeramente ensombrecido.
-Hola nena, le dijo. ¿Cómo te va?-
Salomé le extendió la mano a su interlocutor pero él, la jaló del brazo para darle un beso en la mejilla.
-No me salude como si fuera su Apa, chamaca, soy su amigo.
La joven afirmó con desgana, y se esforzó por colocar una sonrisa en los labios.
Hugo mientras tanto, se dejó caer en uno de los sillones de piel que componían la abigarrada decoración de un departamento más bien pequeño, colocó a su costado un maletín que siempre trajo consigo y una pistola 357 que lleva en la cintura.
-Es mi dinero, cabrón?- preguntó Don Isidro,
Hugo, con movimiento displicente afirmó.
La puerta de una habitación se abrió y un hombre gordo y amodorrado, salió saludando con toda la pesadez de su cuerpo.
-Tráele algo de tomar a este- dijo Don Isidro al hombre que apareció en escena.
Como autómata, éste se dirigió a un minúsculo bar situado en una esquina del departamento y extrajo sendas botellas de tequila.
-Eres el único Americanista que dejo entrar en mi casa y le doy de beber de mi tequila, hijo de la chingada- dijo Don Isidro dirigiéndose a Hugo.
-Tal vez se está dando cuenta que somos mejores.- respondió este sin dejar la indolencia.
Isidro se río, cosa que no sorprendió a Hugo, siempre lo hacia cuando el tema del futbol se guía por pasiones absurdas. Pero escuchó también la risa de Salomé acompasada a la del hombre mayor, ligeramente feliz, como si entre aquellos se hubiera llevado a cabo un dialogo privado que incluyó muchas carcajadas y el tema fuera el mismo.
Mientras pensaba en eso, recibió el vaso de tequila y sin esperar los habituales parabienes volcó el trago en su garganta.
Todos se mantuvieron bebiendo por buena parte de esa tarde, Don Isidro insistió un par de veces en el tema del futbol, pero no tuvo una respuesta clara y desistió pronto. Hugo observó que Salomé bebía de una forma extraña, como si cada shoot de tequila fuera la dosis de un medicamente muy importante, no bebía para ser parte de ese monótono encuentro, sino para cancelar algo en su cabeza.
El gordo, que por momentos aparecía y por momentos se encerraba en una habitación, colocó dos botellas más de tequila cuando las primeras se terminaron.
Hugo estaba bastante disminuido con el alcohol pero se percató cuando Don Isidro tomó el maletín y al mismo tiempo la pistola.
-Te has escabechado a alguien con esta belleza?- preguntó el viejo.
Hugo, no respondió, se limito a sonreir e intentar balbucear algo incomprensible.
Don Isidro, colocó el arma muy cerca de si y revisó el contenido del maletín, había unos cuantos fajos de billetes.
-Es lo pactado- dijo Hugo, con voz desarticulada.
-Y de cuanto fue el botín, cabrón?- preguntó Don Isidro como si la bebida no hubiera hechos estragos en él.
-No me acuerdo, pero no fue mucho- dijo Hugo que comenzó a sentir una ligera ansiedad.
-¿Quién te ayudó?- cuestionó el jefe.
-Unos gueyes, pero los agarraron.
-¿qué gueyes?-
-Unos, vecinos pendejos.
Don Isidro, guardó silencio e hizo una pequeña operación mental para después agregar.
-Entonces no tuviste que repartir mucho
Hugo no respondió, se quedó con el vaso de tequila vacio en la mano y miró al gordo que cruzó delante de él, rumbo a la cocina.
Pasó como un instante denso, brumoso, cuando Hugo se dio cuenta, su jefe miraba un programa por televisión y su novia, colocaba en su vaso las últimas gotas de una botella de tequila. Dio gracias a Dios (porque era creyente) que la última pregunta se haya
disipado.