miércoles, 11 de enero de 2012

otro cuento

Reunión de trabajo.


Comenzaré diciendo que llevaba algún tiempo sin probar alimento. Tal vez era mi cuarto día de ayuno cuando recibí una llamada que me avisó sobre una reunión de trabajo. Yo no asisto normalmente a trabajar, me refiero a que no tengo un horario o una jornada fija. Trabajo en casa, escribiendo guiones para los programas más triviales que alguien pueda ver. Mis finanzas son altamente irregulares; por temporadas tengo suficiente plata como para comer los tres tiempos en restaurantes de lujo; en otras ocasiones no me alcanza ni para el más franciscano alimento.
Mi estado, ese día era lamentable, no podía realizar el más leve movimiento sin que una punzada taladrara mi cabeza, la luz me enceguecía, ni sostener un pensamiento estaba en mis posibilidades. Solamente podía mantenerme acostado o sentado esperando que las fuerzas me cayeran del cielo. Esa tarde, llegar hasta donde se llevaría a cabo la reunión de trabajo, significaba una hazaña; no contaba siquiera, con la cantidad suficiente de monedas para abordar un colectivo.
Mi gravísima situación alimentaria había alcanzado un nivel alarmante; desde mi segundo día de ayuno curiosas alucinaciones se instalaron en mi mente. Por ejemplo, mientras dormitaba al borde de mi escritorio, pensaba que en la heladera había una cantidad suficiente de huevos y queso para preparar un omelet. Al despertar corría a verificar mis sombrías ensoñaciones, y sólo después de un rato entendía que la búsqueda era inútil.
Peor que eso, el desvarío no se detuvo allí; estuve seguro de que en algún saco del placard, había un billete rezagado que resolvería el asunto del traslado. Revisé con estúpida vehemencia cada una de mis prendas de vestir, mientras avanzaba en el penoso delirio recordé vagamente, que no hace mucho había realizado la misma operación. Desistí al poco rato y no tuve más remedio que iniciar un dramático peregrinaje; entonces, como un mustio vagabundo, caminé y caminé.
La distancia era considerable, mi trayecto duró cerca de un par de horas, cuando por fin llegué, sentí que una fiebre se había apoderado de mi cuerpo y una fuerza exterior controlaba mi ruinoso espíritu.
Prácticamente con mi llegada inició la reunión. El productor, después de darnos una seca bienvenida, comenzó a hablar. Nos dijo que se llevaría a cabo la realización de un proyecto documental; la historia de un pueblito y su iglesia situados en el sureste. Que el documental era parte de las festividades, que todo lo costearía la arquidiócesis local y que habría un especial cuidado en dar un efusivo mensaje religioso. Los asistentes guardamos silencio, la noticia de ese nuevo documental nos dejó sorprendidos. A continuación tomó la palabra la asistente de productor y nos dijo que el cura, los miembros activos de la iglesia y los pobladores en general, nos darían todas las facilidades; de entrada la primera de éstas, consistía en una canasta repleta de fastuosas galletas. No puedo precisar el momento en que la asistente colocó la canasta en medio de la mesa, apareció como un espejismo materializado, y la mujer con una afable sonrisa nos invitó a degustar el obsequio.
Una delicada hoja de celofán cubría el preciado tesoro, nadie en un principio se animó a retirarlo. Sólo después de algunos minutos fue el virtual director quien tomó la iniciativa. Al quedar las galletas expuestas, un fragancia que mezclaba, nueces, mantequilla, canela y chocolate se apoderó de mis sentidos, estuve a punto de perder el conocimiento, aquel aroma embriagador, afectó mi sistema nervioso. Mi pulso se volvió inestable, salivé como el perro de Pavlov; la sola idea de saberme poseedor de alguno de esos majares fue un éxtasis. Calculé el contenido de la canasta, aproximadamente entre 40 y 50 galletas, los que componíamos la reunión éramos ocho. Es decir una cantidad bastante generosa, por lo menos para mí. Realicé una segunda operación aritmética, calcular la cantidad calorífica de cada galleta y adecuarlo a mis necesidades vitales. Concluí que con tres o cuatro, mi organismo recobraría parte de sus fuerzas. Al concluir mi segundo cálculo, algunas manos ansiosas se dirigieron a la canasta. El jefe de servicios técnicos, tomó entre sus regordetes dedos, tres de las mejores galletas. Después de él, el asistente del director tomó una y la comió con toda calma, yo contemplé con extraña fascinación como algunas migas caían de su boca y quedaban esparcidas en la superficie de la mesa.
Antes de decidir por fin llevarme algo a las entrañas, pensé si valdría la pena reproducir la osadía del jefe de servicios técnicos u optar por la moderación del asistente de director. Fue entonces cuando el productor dirigió su mano a la canasta, yo quedé con la mirada fija; de cuántas extrajera, resolvería mi propia cantidad. De principio alcanzó dos, pero al parecer una especie de falso pudor lo hizo desistir y soltó una que apunto estuvo de caer fuera de la canasta.
Supe entonces que la ocasión de revertir mi lastimoso estado, se reducía a extender el brazo. Con el primer alimento sólido después de días, volvería la fuerza y con la fuerza, la audacia. En ese momento, una chica sentada a mi lado, y a la cual nunca antes había visto, me pidió que le alcanzara alguno de los objetos del deseo; su solicitud fue con una especie de mímica tonta –una galleta?- le pregunté débilmente. Sin pronunciar palabra me hizo un gesto afirmativo. Pensé entonces que esa era la mejor oportunidad para alcanzar su galleta y tomar algunas para mí. Realicé la primera parte de la operación sin dificultad, cuando ya por fin alcanzaba mi salvación, el productor preguntó quién era el guionista. Todas las miradas fueron una lápida, la triste certeza de que mi ayuno se prolongaría hasta la muerte por inanición, se instaló en mi cerebro. Fue mi turno de escuchar y asentir como se hace en esos casos, pero por más que lo intenté, no pude mantener la atención. La debilidad, la fiebre y un fuerte mareo, me hizo largar frases incomprensibles. Mi sentido auditivo se agudizó; escuché como el resto de los presentes trituraba las masas horneadas y crocantes entre sus dientes. Me invadió una inquietud mortal, necesitaba saber si quedaban galletas, pero no me animé a sacarle la vista al productor. Creo que se percató que algo me sucedía pues declaró un receso. Me dejé caer sobre el respaldo de mi silla, mientras el resto de los asistentes se dispersaba. Mis fuerzas eran nimias, hasta respirar me provocaba esfuerzo. Con la mínima lucidez que sobrevivía en mi cabeza, recordé con rencor mis absurdas comilonas en el restaurante italiano, las esplendidas propinas, mi desprolija existencia. Con la vista casi nublada, alcancé a ver que sólo la chica a la que le había alcanzado la galleta permanecía sentada. Creo que hice un intento por decirle algo, ya no lo recuerdo. Mi voz era tan débil que sentí la palabras romperse en mi garganta, hice un intento más pero la chica ya se había puesto de pie y se alejaba lentamente. Pensé en desmayarme, hacer un papelón, despertar en una cama de hospital con suero y diagnóstico de severa anemia. Pensé realizar un postrero esfuerzo, pensé en levantarme e irme, pensé en tantas cosas, cuando de pronto sentí unas voces que hablaban delante de mí. He dicho que mi sentido auditivo se refinó, a tal extremo que escuché claramente lo que el director dijo a su asistente a lo bajo: No me interesa para nada este proyecto, estoy esperando la llamada de X, si me llama durante la reunión, te juro que los mando a volar a todos, imagínate que me ponga a dirigir esa porquería sobre un pueblo de mierda y su iglesia. Tuve que aceptar porque no había otra cosa. Pero si recibo la llamada los dejo acá como pendejos… no me importan. Quise decir algo, como si las palabras del director fueran dirigidas a mí. –Comida- dije – por favor-. Las miradas punzantes no se hicieron esperar, el director hizo un inequívoco gesto a su asistente de que yo estaba loco, el otro lo completó con una desagradable mueca. Casi al instante, todos volvieron a tomar asiento, la asistente de productor reabrió el diálogo. Nos habló de los honorarios, yo no puse atención cuando dijo mi nombre, todo mi ánimo se dirigió a la canasta que contemplaba con resabios de ansiedad; mi turbia visión no me permitía distinguir más que una difusa mancha, lo que podría significar la última oportunidad de probar alimento. En seguida me olvidé de pudores, con toda convicción estiré mi brazo como si fuera un tentáculo. Sin miramientos acumulé todas las galletas que cabían en mi mano. Por supuesto durante el trayecto a la inversa varias de las vituallas cayeron sobre la mesa, con la mano izquierda las devolví a mi posesión; el rencor se proyectó en mis ojos, con la mirada de un perro hambriento dispuesto a largar mordidas si alguien se acerca. Mi celo me llevó a perder la atención y por un movimiento excesivamente brusco, parte de mi sagrado alimento rodó hasta el suelo. La avaricia, el hambre, la desesperación, me colocaron debajo de la mesa abriéndome paso entre un mar de piernas. Como en medio de un campo de batalla vi que mi rústico maná estaba en gran parte despedazado, creo que comencé a reunir los fragmentos más pequeños, casi con la yema de los dedos junté el equivalente a un par de galletas. En medio de mi delirio supe que era un tonto, la posibilidad de recuperar mis finanzas y regresar como si nada a los restaurantes bacanes pendía de un hilo. Sin dejar mi posición comencé a hablar del último guión escrito, fue para un programa de concursos, donde no podía modificar una sola palabra de la divina inspiración del productor ejecutivo. Estuve a punto a llorar, cuando un teléfono celular sonó, a partir de ese momento comenzó algo parecido a sobrevivir bajo las patas de caballos alebrestados. Primero fueron pisotones, después relinchos, yo temí por mi vida y me protegí como pude. Cuando más o menos volví a la realidad tenía la mejilla recargada sobre el inmaculado mosaico. Salí de debajo de la mesa con los más penosos esfuerzos. Vi que nadie quedaba de la reunión de trabajo, salvo la chica de siempre. A ella le pregunté como había quedado el proyecto documental, me respondió que el director se fue sin despedirse, que el productor trató de alcanzarlo y que un pequeño zafarrancho dio al traste con la iglesia y pueblito del sureste. Volteé mi vista a la canasta vacía, le pregunté la chica sobre el destino de las últimas galletas, su respuesta no pudo ser peor: -Tú tomaste todas las que quedaban- .
El productor entró en la sala de junta un poco agitado y con la camisa desfajada; se acercó y me palmeo la espalda, dijo que me veía muy mal, que lo mejor era irme a descansar. Pregunté por preguntar, como había quedado el trabajo. Respiró hondamente y declaró con severa resignación: -nos hemos quedado sin director-. Agregó que se pondría en contacto de tener algo que ofrecerme, pero que de momento no había nada. Con un último espaldarazo entre indulgente y lastimero se terminó la reunión de trabajo.
Agaché la vista, tuve ganas de echarme a llorar pero recordé que tenía que volver a casa caminando y hasta la última lágrima iba a hacerme falta.


Darío Basavilbaso

domingo, 1 de enero de 2012

CUENTO "Le puede suceder a cualquiera"

Le puede suceder a cualquiera.

Por aquí circula mucha gente, pero los burócratas se reconocen entre ellos con facilidad. Por eso cuando Emilio volvía de su hora de comer y vio a aquel hombre desconocido, abriendo y cerrando gavetas, revolviendo objetos con manos ansiosas. Supo de inmediato que no era uno más de su real estirpe, sino algo peor; un ladronzuelo de quinta que, como Pedro por su casa llegó a esa oficina pública. Así que Emilio, consciente de que corría un riesgo pequeño o grande, no se supo; con voz firme dijo: -¿Qué busca aquí?-. El hombre relativamente joven, muy moreno y bastante feo no pudo ocultar su sorpresa. Pinche suerte, en ese edificio de mierda donde nadie se percata de nadie, supuso que podía cometer tropelías bajo el inefable disfraz del anonimato. Equivocado estuvo o la buena fortuna aplica restricciones, el caso fue que descubierto en flagrancia, se jugó la carta de baja denominación que todo pícaro posmoderno oculta bajo la manga. –Busco a Ro-Rocío- dijo de forma tan desconcertante que hubiera agravado al gremio de los malandros.
Emilio, perturbado y sin la costumbre de pillar malvivientes. A punto estuvo de creerle, pero el ladrón, de muy poca monta, en momentos en que un detalle hace la diferencia no pasó la prueba. Asustado, el hombre, buscó la acción evasiva, pero Emilio en inédita muestra de gallardía colocó su enjuto cuerpo en medio del camino y le cerró el paso. –Llama a seguridad- indicó con aplomo al primer entrometido que por allí apareció.
La seguridad llegó representada en dos veteranos agobiados, los acompañaban una docena de curiosos que ya conocían la novedad.
Emilio un poco inquieto, se mordía la barba. Mientras los polis interrogaban al aparente ladrón, de nombre Benigno que insistía en ser emisario de la supuesta Rocío. Los curiosos que para saciar morbos nunca faltan, aportaron nombres y áreas de las posibles Rocíos. Alguno, con alma de abogado de oficio fue en busca de todas las mujeres que se ostentaran como tales. Las que llegaron desconocieron al hombre de inmediato y volvieron a sus puestos un poco a disgusto. Sin saber lo que procedía, los hombres se miraron unos a otros, hasta que llegó una mujer, al corriente de los hechos, a buscar su bolsa de mano y encontrarse con la ausencia del monedero. Uno de los guardias (el menos agobiado) exigió al hombre voltear sus bolsillos. Una exclamación general acompañó la momentánea soledad del monedero rojo al caer al piso. Los curiosos que de a poco abarrotaban el lugar, experimentaron una sensación de placer. Saberse delante de un ladronzuelo confeso e inerme siempre es satisfactorio.
Emilio, al que habría que agradecerle el fortuito espectáculo, tenía sus dudas. Pasó por su mente largar al tipejo que ya sudaba copiosamente. Pero en lugar de eso, aportó la genial idea de llamar a una patrulla, a lo que el manilargo lloriqueó. –No vuelve a pasar jefe, se lo juro-. Dijo con un tono entre suplicante y lastimero, claramente amañado. Palabras que no hicieron estragos en Emilio pero sí en algunos presentes que sugirieron el indulto.
La patrulla no tardó ni una hora, y el protocolo judicial se llevó sin contratiempos. Los policías indicaron a Emilio que tenía que levantar un acta y a él no le quedó más remedio que acompañarlos. Sin auto y sin nadie que propusiera llevarlo, viajó en la misma patrulla, a un lado, respirando la agria transpiración y el inmundo aliento, del hombre que acusaba de robo. Antes de iniciar su inquebrantable labor ciudadana, escuchó las palabras discretas pero bien intencionadas de otro burócrata como él: -Ves, lo hubieras dejado ir, ahora la vas a pasar peor que ese cabrón.
En el ministerio público se efectuaron las indagaciones y se encontró un amplio historial de picardías; el llamado Benigno respondía al alias del “Cotonete” y de su palmarés sobresalían robos y un asalto a mano armada. Emilio realizó su comparecencia como en ese momento no había médico legista, tuvieron que trasladarse a otro MP. Durante todo el camino, de no más de 20 minutos en patrulla, el Cotonete repitió aproximadamente setecientas veces: -Deme chance jefe-. Por suerte en el otro MP si hubo médico legista.
Cerca de las once de la noche, por fin Emilio se pudo ir a casa, pero bajo advertencia de que le llegaría un citatorio para ampliar declaración e iniciar un careo. Todo el camino que hizo a pie del MP a la estación San Pedro de los Pinos, fantaseo con la posibilidad de perdonar al Cotonete sobre todo para evitar las desazones legales que le esperaban. Cuando iba a ingresar al metro, sintió el llamado del hambre instalándose en su estómago. Volvió sobre sus pasos a un puesto rezagado de quesadillas. Tres o cuatro zancadas lo separaban del merecido bocadillo cuando un par de hombres le cerraron el camino y con una navaja y muchos “hijo de tu puta madre” le exigieron sus valores.
Más tarde, en el vagón semivacío del metro, agotado por la dura jornada y la falta de alimento; Emilio jugueteo tristemente con las suposiciones: -Si hubiera… si no hubiera… si mío, no se llevó nada…-
La mañana siguiente, en su trabajo no faltaron los curiosos ávidos de pormenores. Emilio aportó lo que pudo, evitando comentar su experiencia con los otros delincuentes. Conforme repetía la historia, se daba cuenta de que la gente lo escuchaba con cierta lástima. Primero pensó que ésta se debía a lo pasado, pero se fue dando cuenta que esa extraña compasión también incluía el presente y el porvenir inmediato, cosa que sin duda lo alarmó.
No hubo novedades durante un par de semanas, salvo una noche que Emilio soñó que entre varios maleantes lo golpeaban mientras insistían con la tal Rocío. Emilio despertó agitado y sudando frío. Le costó trabajo conciliar de nuevo el sueño.
Una tarde en su oficina a punto estaba de irse a casa, cuando llegaron un par de policías judiciales a buscarlo. En principio creyó que el motivo era para entregarle el citatorio, pero casi de inmediato supo que iban a arrestarlo por no acudir a ampliar declaración. La oficina pública se transfiguró en escenario teatral. Alguien corrió la voz de que la chota se cargaba al flaco y en segundo el lugar se colmó de curiosos. Los judas que tenían jetas de primos-hermanos del Cotonete, ya conducían casi cargando al pobre de Emilio, ciudadano ejemplar, el cual descargaba su furia contra la torpe secretaria que nunca le entregó el dichoso citatorio.
Con dinero, abogado y sinsabores Emilio evitó el arresto pero quedó con ganas de nunca más denunciar a un ladrón. Sin embargo lo iniciado tenía que concluirse. Así que se llevó a cabo el careo, en el que participó no sólo Emilio, sino la mujer del monedero. A ésta, se supo después, el Cotonete vitupero en exceso; le dijo Puta, pendeja e hija de la chingada entre otras florituras que derrumbaron a la chica. En cambio a Emilio lo trató como un lord disculpándose repetidas veces y ofreciendo su palabra de honor de no volverlo a “hacer”.
Antes de irse, Emilio y su compañera visiblemente afectada, tuvieron la mala suerte de encontrase cara a cara con la familia del inculpado. Una madre mofletuda, al colmo de fea y con delantal, encaró a la parte acusadora. A esas alturas Emilio vivía en una especie de ensoñación, las amenazas, vulgaridades y afrentas dirigidas contra él, se quedaron contenidas en una espesa nube que bloqueaba su entendimiento.
Los detalles del resto del proceso son insignificantes. Al Cotonete o Benigno, como quiera recordársele, le declararon una condena de 10 años sin derecho a fianza. Emilio creyó que la experiencia amarga fenecía, pero nada de lo malo acaba realmente. Esto lo supo la tarde de vuelta a casa, mientras tres hombres lo seguían.
No es querer hablar mal de los burócratas, pero correr para salvar el pellejo, quizá no esté en sus hábitos de salud. Emilio tropezó en su torpe carrera y largó un gritillo penoso y lleno de pavor. Escuchó claramente: -Te vamos a romper la madre por mancharte con el Cotonete-. Nuestro cabal ciudadano se enconchó para proteger zonas vitales. Lo primero fue un pisotón salvaje en las costillas, el siguiente un punta pie en la nuca. Antes de que la vista se le nublara por completo y su mente comenzara a abandonarlo, escuchó las palabras discretas pero bien intencionadas de otro burócrata como él: -Ves, lo hubieras dejado ir, ahora la vas a pasar peor que ese cabrón-

Darío Basavilbaso